El “Gran Tropezón” que hizo historia en la ciudad de Villa Ángela

La historia de Villa Ángela está forjada por emprendedores que se instalaron y construyeron su negocio trabajando con mucha dedicación. Dentro de estos grandes pioneros, cabe destacar la presencia de la empresa El Tropezón, negocio que fue fundado por el señor Adolfo Zilberfarb, un inmigrante que llegó de Europa tras la primera Guerra Mundial, quien logró consolidarse como una compañía que ha perdurado y continuado de generación en generación con el negocio familiar. No se sabe a ciencia cierta la fecha exacta de su inauguración, lo cierto es que hacia 1925, ya existía en Villa Ángela este lugar donde las personas concurrían a diario tras la búsqueda de materiales para iniciar la construcción y poner en marcha el proyecto de sus futuros hogares…

Actualmente, con 95 años de presencia a nivel local, El Tropezón ha atravesado por completo la historia de nuestra ciudad. Sin dudas, su labor en el ámbito de los negocios ha trascendido en la comunidad y, en este sentido, más allá de su actividad comercial, actualmente, es considerado como una institución ya que se involucra y aporta socialmente dando su apoyo al arte, la cultura y la educación. Es por eso que Revista Fabularia quiso darse la oportunidad de conocer a Anna Liz Bendersky, representante de la firma más prestigiosa en lo que respecta al rubro en la localidad, quién en un diálogo íntimo, nos enseñó detalles sobre la fundación, la historia y también sobre los proyectos actuales que imagina para nuestra querida ciudad…

Si hacemos un paseo por la etapa de tu niñez… ¿Cuál es el recuerdo que se te viene a la memoria del Tropezón en sus inicios ?

Anna Liz: Lo primero que se me viene a la cabeza del negocio son los relatos familiares donde contaban que mi abuelo era un tipo muy amable, siempre ayudaba a la gente de la Colonia cuando se acercaban al pueblo… la gente  venía en carros a buscar mercadería, entonces él les decía, aún en horas de la siesta y con el negocio cerrado:  “¿Qué necesitan? ¿Qué andan buscando?”, “ Ahí, voy… yo les abro”. No había siesta, no había descanso. Por las noches, cuando la gente venía al baile para el fin de semana en sus caballos, les prestaban el depósito –que ciertamente no era lo que es hoy- como estacionamiento, dejando abierto el portón para que la gente pudiera entrar y salir a la hora que deseara. Es decir, había toda una cuestión social, donde el negocio de la familia estaba involucrado, aunque en esa época era más pequeño, por supuesto.

¿Cuál es la fecha fundacional y cómo surge el nombre?

AB– La fecha fundacional exacta no la sé. Es 1925, creo que es por Mayo. También en relación a la historia del nombre es algo sobre lo que hay varias versiones. Las contaba muy bien Don Jacobo Garber que era el que más sabía sobre esto, ya que fue un amigo entrañable de mi abuelo. Es así que, según dicen, como El Tropezón en sus comienzos se ubicaba cruzando el paso a nivel,  cuando uno bajaba era como si se “tropezara” con el negocio. Otros dicen que fue una caída que tuvo mi abuelo y que fue recordada como “el gran tropezón”.

Documental por los 90 años del tropezón, año 2015.

¿Cuáles son los valores que crees como representativos de la institución?

Haciendo memoria recuerdo que en un momento hubo una frase que fue nuestro slogan y decía: “La confianza que supimos construir”, para mí lo primordial es esa confianza que la gente deposita en nosotros -en todos los sentidos. Por otro lado, el respaldo que sienten quienes eligen trabajar con nosotros, no porque seamos la “megaempresa”, sino porque tienen la seguridad de que siempre habrá alguien que responda a las necesidades y a los reclamos de nuestros clientes… Eso, sin dudas, se lo debo a los que me antecedieron ya que fueron quienes sentaron las bases de nuestra ética y compromiso en la forma de trabajar y, seguramente, otro poco lo fui desarrollando a lo largo de estos años de trabajo en los que me encuentro a cargo.

Festejo por los 90 años del Tropezón, año 2015.

¿Cómo fue tu proceso de adaptación a nivel laboral cuando siendo mujer tuviste que tomar el mando de una empresa abocada a un rubro históricamente destinado al dominio de los hombres?

AB- Bueno, mi papá tenía un dicho y no por machista, porque de verdad no lo era… pero me acuerdo que él decía “este negocio no es para mujeres”. Ahora de grande, lo analizo y creo que su pensamiento tenía que ver probablemente con la época donde ver a una mujer metida en este rubro era impensado. Ahora bien, para ser honesta, tampoco era mi interés estar donde estoy hoy, es decir, llevar adelante El Tropezón. Para mí fue una situación difícil cuando mi papá falleció ante la cual me tuve que hacer cargo, quiero decir, realmente difícil… Más de una vez, cuando miro para atrás me digo a mi misma: “sólo la inconsciencia de los veinticinco años me permitieron o me dieron el coraje necesario de hacer lo que hice en ese momento”.

Anna Liz junto a su hijo en el festejo por los 90 años.

¿Qué significa el trabajo para vos?

Eso es algo que me pregunto a diario… porque me pasa que todavía siento que es un juego y que el trabajo no es toda mi vida (aunque lo sea en gran parte) lo cierto es que lo disfruto, con decirte que paso más horas acá que en mi casa. A Dios gracias que hoy estoy en compañía de mi marido lo cual me llena de satisfacción y alegría.

Anna Liz en compañía de su marido Gonzalo Laphisborde.

¿Cómo fue que lograron que el Tropezón se establezca como una firma emblemática y de alta estima a nivel social en nuestra comunidad?

A veces me dicen que hay carteles de El Tropezón por todos lados, camisetas de equipos de fútbol de hace no sé cuántos años con nuestra publicidad… y la respuesta es sencilla: nos gusta aportar a la comunidad en la que estamos, y esto no viene de ahora, siempre fue así. Mis viejos me dejaron ese legado… Tomo por caso la anécdota de cuando se inaugura el Polideportivo allá por el año 83/4, imaginate que yo fui parte del primer equipo de vóley del Poli, con los legendarios profes Pololi y Luis Piedrabuena.  Bueno, mi papá en ese momento dijo “le vamos a dar un piso de mosaico al polideportivo porque tiene que tenerlo” y los profes hasta ahora se acuerdan de que el primer piso de una de las canchas del  Poli lo donó mi papá con materiales del Tropezón. Así muchos ejemplos más… el mural que está en el predio que dice Weber – El Tropezón, que se hizo en el año 2007 y está plasmado en el libro de los murales de Weber, de los que hay a la fecha tres libros (disponible en: https://issuu.com/e-weber/docs/murales_urbanos) donde aparece nuestra localidad con ese hermoso mural sumándose, de este modo, a la lista de los que se han hecho en todo el país. En ese momento vino una artista plástica de renombre,  mi nena tenía apenas seis o siete años tomando participación con algunos amiguitos de la ejecución de ese mural, porque la idea era entrar en la historia de Villa Ángela mediante intervenciones urbanas. Luego, el Jardín de Infantes N° 139 al que estamos ayudando continuamente y que lleva el nombre de mi mamá, en homenaje a que ella fue la primer maestra jardinera de Villa Ángela, dueña de Pulgarcito, primer jardín de infantes de nuestra ciudad que funcionaba en el garage de mi casa.

Nos gusta aportar a la comunidad en la que estamos, y esto no viene de ahora, siempre fue así. Mis viejos me dejaron ese legado…

Visitando al Jardín de Infantes N° 139 Sara Zilberfarb de Bendersky.

Así mismo, nos involucramos dando apoyo a la causa de “Más Manitos” a quienes queremos, de la mano de WEBER, terminarles  el revoque exterior…. Esto viene a cuento de por qué la firma se ha convertido en lo que es ahora, quiero decir que el reconocimiento no salió de la nada, no fue por arte de magia, fue responsabilidad social por aportar al desarrollo local cuando lo hemos considerado oportuno. Lo último que tenemos pendiente de realizar es un evento solidario de la mano de SEBASTIAN ARMENAULT, que es un  ultra maratonista solidario que organiza “Un kilómetro una sonrisa” donde invitamos  a todas las familias a sumarse a una caminata de 1 KM.  La finalidad de esta actividad apunta nuevamente a lo mismo: la solidaridad y a desarrollar conciencia. Con lo que se recaude en ventas de las remeras juntaremos fondos para donar un cardiodesfibrilador (aparato que es obligatoria en muchos lugares públicos), es un aparato que puede salvar vidas y, por lo tanto, es muy necesario. Creo que todas las canchas deportivas deberían tener uno, pero es algo muy costoso. Esa es la manera en la que El Tropezón siempre hizo y hará la diferencia, brindando apoyo y participación en la comunidad, es decir, aportando desde nuestro lugar. En conclusión, es eso lo que nos fue diferenciando como firma, el demostrar con hechos concretos nuestro compromiso social y respeto hacia nuestro lugar de origen porque así lo sentimos y, fundamentalmente, porque amamos ver crecer como ciudad a Villa Ángela. Otra escuela con la que me encanta colaborar es el Colegio Secundario Nº114 del Barrio de  Escalada.  La Vice Directora, Daniela Pintos, me hizo conocer la escuela y su idiosincrasia. Ellos trabajan comunitariamente, cuidan la Escuela con mucho amor y respeto. Esta Escuela está en un barrio de familias con bajos recursos, sin embargo la institución no tiene un solo vidrio roto…La gente no daña, no pinta, no escribe, cuidan su escuela como oro, además, trabajan haciendo una huerta maravillosa, son proveedores de gran parte de las verduras que mi familia y yo consumimos a diario…

Lo que nos fue diferenciando como firma es el demostrar con hechos concretos nuestro compromiso social y respeto hacia nuestro lugar de origen porque así lo sentimos y, fundamentalmente, porque amamos ver crecer como ciudad a Villa Ángela.

¿Cómo es tu relación con el deporte?

Digamos que prácticamente yo nací haciendo deporte (risas)… No sé por qué pero toda mi vida fui una deportista, es más, hasta me casé con un jugador de básquet profesional y les inculcamos a nuestros hijos el deporte desde muy chiquitos. Yo soy profe de Educación Física y me pasa que entiendo el deporte como una forma de vida, tal vez, como otros lo encuentran en la música o en cualquier tipo de arte. Siempre digo que si tienen la posibilidad experimenten lo que es un deporte en equipo, realmente, me parece que no hay nada más parecido a la vida que ese juego donde no se puede ganar solo, siempre se gana jugando en equipo. Donde uno tiene que aunar fuerzas para que las cosas salgan bien y si uno se cae, también se ve afectado el resto. Supongo que es esta dinámica lo que siempre me atrajo. La adrenalina que se genera en esa sinergia colectiva, el codo a codo y el trabajo social que se esconde detrás de cada equipo de los que forman parte familias enteras. Por otro lado, la tolerancia a la frustración es algo que se maneja y se desarrolla en el equipo (si está bien manejado), la cooperación, la adaptabilidad (que fue el lema de mi mamá en vida). Entonces, en ese plano es que se vive una realidad que al fin y al cabo es la de la vida misma donde todos somos distintos pero iguales, donde no importa si sos “la hija o el hijo de”, o cuánto dinero tiene tus padres en la cuenta, porque allí lo que importa es lo que vos haces, con cuánta responsabilidad, cuánto empeño y cuánta pasión le ponés a lo que tengas que hacer para sacar lo mejor y lo peor de cada uno, en el buen sentido.

Para finalizar ¿cuál es el mensaje que te gustaría dejar a los lectores para soñar una ciudad mejor en estos 110° aniversarios que estamos celebrando en la comunidad?

Tan solo quisiera llamar a la reflexión en torno a dos cosas puntuales y esto involucra directamente a todos los comerciantes de Villa Ángela. Por un lado, considero que es un aspecto sumamente necesario a tener en cuenta por todos los que ofrecemos un producto o servicio la cuestión de la estética de nuestros lugares y con esto me refiero a que el comercio debe pensarse en pos de poder desarrollar una ciudad más linda, más atractiva y amigable con el entorno. Por eso es importante que podamos invertir parte de lo que ganamos en hacer de este un lugar mejor, con calidad de servicio fuera el rubro que fuere y en lo que cada uno hace. No importa si es un almacén chiquito o un súper negocio, sí importa que esté limpio, lindo, que el tránsito resulte agradable. Ocuparse de que esté pintado por ejemplo, pese a que hay problemas económicos, también es cierto que tiene que ver con las ganas que uno le pone así como también a la capacidad de comprensión del valor que posee lo que aportamos cada uno, contribuyendo en la sumatoria de pequeños detalles con nuestro granito de arena para el crecimiento de Villa Ángela y esto solo se logra poniéndole amor a lo que hacemos. Eso es lo primordial. Lo segundo es hacer de la solidaridad nuestra bandera y, aunque creo que nos falta mucho para entender cuán inmenso es el beneficio a nivel del impacto social que tiene el hecho de apadrinar a los clubes, a instituciones intermedias, a las escuelas, a los merendero barriales, a un comedor o jardín verdaderamente estaríamos viviendo en una realidad considerablemente distinta, sin tanta desigualdad y con mayor desarrollo económico local sustentable. Es decir, podemos comenzar con lo que tenemos a mano: plantar tres arbolitos y dejar dos bancos pintados, porque no importa qué, el tema es involucrarse y transformar nuestro lugar, eso es lo que nos vuelve humanos. Hay gente que dispone del tiempo, hay otros que no tenemos tanto y podemos contribuir económicamente para que juntos podemos realizar pequeñas-grandes cosas. Somos una comunidad rica en recursos entonces no esperemos más para abrazar con compromiso y entusiasmo a la transformación de este que es nuestro lugar en el mundo y el cual habitamos a diario.

Por: Carla Fabiana López

Fotos: gentileza de Carolina Rinaldis y Anna Liz Bendersky.

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